viernes, 25 de septiembre de 2026

Análisis biopolítico del estado

 En los inicios de las civilizaciones, la vida no estaba garantizada de manera universal. En el régimen absolutista, el soberano decidía  quién de sus súbditos merecía vivir o no. 

Thomas Hobbes explicaba esto desde la lógica del poder al afirmar que el soberano posee esa

facultad absoluta porque es el único capaz de mantener el orden; es decir, decide quién vive para evitar que el resto de la población se aniquile en un estado de naturaleza violento.

En su obra El Príncipe (1532), Nicolás Maquiavelo (1469-1527) sostenía que es mejor para un gobernante ser temido que amado.

Afirmaba que el soberano debe poder ejecutar a quien lo merezca si con eso evita una rebelión o un desorden que ponga en riesgo al resto del pueblo. De este pensamiento se deriva la famosa máxima (atribuida a su filosofía) de que “el fin justifica los medios”. Bajo esta óptica, el poder se definía por el derecho del gobernante de “hacer morir o dejar vivir”.

La Edad Media (o Medievo), es el período histórico de la civilización occidental entre el siglo V y el XV.

Su inicio se sitúa convencionalmente en el año 476 con la caída del Imperio Romano de Occidente, y su

final en 1492 con el descubrimiento de América, o en 1453 con la caída del Imperio Bizantino (fecha que coincide con la invención de la imprenta por Gutenberg y el fin de la Guerra de los Cien Años).

Mencionamos la Edad Media porque entonces el poder se ejercía de forma específica: quienes lo detentaban actuaban como una especie de Dionisio (considerado promotor de la civilización y amante de la paz) para cumplir dos funciones: declarar la guerra o negociar la paz. Estas personas ejercían el monopolio de las armas y servían de árbitros en los frecuentes litigios, imponiendo castigos mediante la hegemonía judicial bajo el lema Pax et iustitia (paz y justicia).

En este orden social, se respetaba la figura del monarca como fuente de vida y autoridad, por lo que los atentados contra su poder —o “parricidios políticos” — eran casi inexistentes. No obstante, el soberano

mantenía el control total sobre la existencia de su población y ejercía el derecho absoluto de decidir quién vivía y quién moría, un modelo de poder basado en la muerte que cambiaría drásticamente al llegar en el siglo XVIII.

Al finalizar la Edad Media, se incorporaron dos nuevos objetivos al despliegue del poder: el mantenimiento del orden civil y la organización del aumento de la riqueza de los grupos sociales. 

A principios del siglo XVIII, apareció una tercera función: proveer una definición de sociedad que incluyera el bienestar y el mejoramiento de la salud pública, medido por el aumento del promedio de vida. Según Michel Foucault (1999a), la triangulación de estas funciones (orden, riqueza y salud) se operativizó mediante un grupo de normativas que crearon una institución administrativa que sobrevive hasta hoy, conocida entonces como policía —entendida no sólo como vigilancia, sino como la administración estatal del bienestar y la prosperidad—

El francés Michel Foucault (1926-1984), se dedicó a estudiar este entramado del poder y la episteme (el conjunto de conocimientos que condicionan las formas de entender el mundo). Aunque no fue filólogo, su curiosidad intelectual (diletantismo) lo llevó a una profunda interdisciplinariedad, pues amó todo lo relacionado con el estudio del poder. Foucault desarrolló el concepto de biopolítica o la “política de la salud del pueblo”. 

Este término describe cómo, desde el siglo XVIII, la práctica gubernamental ha intentado agrupar y estudiar a los seres humanos bajo la etiqueta de población, centrándose en:

• Salud e higiene.

• Natalidad y morbilidad (causas de enfermedad).

• Longevidad y razas.

Este estudio planteó retos políticos y económicos que son parte de los programas de gobierno actuales. No existe Estado moderno que no contemple la biopolítica en sus planes. Hacia finales de la primera mitad del siglo xviii, los procesos de la vida (mortalidad, vejez) se integraron en la problemática económica. Así aparecieron los primeros datos estadísticos: informes de causas de muerte, edad, nivel socioeconómico y necropsias. También comenzaron a documentarse todos los procedimientos relacionados con la natalidad y la vejez.

Hoy, al Estado le interesan especialmente las endemias (enfermedades que atacan a una población

particular de forma duradera e intensa). Estas son difíciles de controlar y, a diferencia de las epidemias,

juegan un papel crucial en la economía al provocar la disminución de la fuerza de trabajo, el aumento

de costos médicos y la reducción de beneficios empresariales. 

Como señalan Fuenmayor y Montaño (2010), estos hechos motivan al Estado a introducir mejoras en las instituciones asistenciales para preservar la productividad.

En resumen, la biopolítica y la salud pública están íntimamente relacionadas como medios de control social y como ejercicios de poder sobre la población. 

Según Foucault, el Estado utiliza la medicina, la higiene y la nutrición no sólo por altruismo, sino para garantizar que la población sea productiva y útil. 

El cuerpo es visto como un organismo biológico que requiere regulación mediante:

• Políticas de vacunación obligatorias.

• Campañas de prevención de enfermedades.

• Control de fronteras y medidas sanitarias.

De este modo, el Estado somete a la población a través de la gestión de la vida misma. 

Al presentarse como el cuidador de nuestra salud y longevidad, el poder se vuelve mucho más profundo, sutil y menos cuestionable que en los tiempos del soberano absolutista.

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