
Los cuentos que se presentan en este libro fueron publicados por primera vez en 1918. El autor los escribió originalmente para su hijo aun que al día de hoy se han convertido en referente para la literatura infantil.
Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito)1 están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aqui ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la Tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el Sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo; aunque mi modestia lo quiera.
El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro porque las noches y los días son largos.
Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos). Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta oAhora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya veras cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.
No sólo he imaginado esos juegos; también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce (son infinitos) los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce (son infinitos) los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado Sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el Sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.
Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que, alguna vez llegaría mi redentor. Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara todos los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?
El Sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.
-¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió.
FIN

Los cuentos que se presentan en este libro fueron publicados por primera vez en 1918. El autor los escribió originalmente para su hijo aun que al día de hoy se han convertido en referente para la literatura infantil.

Con motivo del bicentenario de Hans Christian Andersen se publica esta serie de cuentos llenos de sorpresas de luz, generosidad y alegría hasta los de la desgracia y la tristeza para que los niños escuchen y crezcan sin ignorar la posibilidad de esa diversidad de matices.

Esta serie de cuentos para niños se publica en conmemoración del 150 aniversario del nacimiento de José Martí, que al escribir, hablar y actuar en total coherencia con sus convicciones, determinó el rumbo tanto de la historia como de las letras hispanoamericanas.
Rocío González
Había una vez un árbol que quería mucho a un niño.
El niño venía a verlo todos los días y recogía sus hojas, y con ellas se hacía coronas para jugar al rey del bosque. Trepaba por su tronco, se columpiaba en sus ramas y comía sus manzanas.
El niño jugaba todo el día con el árbol y, cuando estaba cansado, se dormía en su regazo. Los dos eran grandes amigos.
Lo cierto es que ambos se querían mucho y, desde luego, el árbol era feliz.
Pero el tiempo pasó y el niño dejó de ser niño. Conforme el niño se fue haciendo mayor, el árbol pasaba cada vez más tiempo solo. El niño ya era demasiado grande para trepar, o para jugar, o para columpiarse en sus ramas. Sin embargo, aunque ya no iba a verlo para jugar con él, ya adulto, seguía acudiendo a él para contarle sus problemas y para pedirle cosas.
– Estoy demasiado ocupado para trepar a los árboles, dice el joven.
– Quiero una casa que me proteja del frío. Quiero dinero, quiero una mujer y unos hijos, por eso necesito una casa, un barco.
¿Puedes darme una casa? ¿Un barco? ¿Dinero?
El árbol seguía acogiéndole cada vez que su “amigo” le pedía cosas, dándole todo lo que tenía:
Habiendo sido tan generoso incluso para entregarse a sí mismo, el árbol era feliz… Aunque la verdad es que no.
El niño, ya convertido en un anciano, volvía de nuevo a su lado, quizá habiendo comprendido que lo que el árbol le daba, iba mucho más allá de lo material. Ya al final de sus días, el niño/adulto necesitaba ya muy pocas cosas, sólo un sitio donde descansar y alguien con quien estar… y el árbol acabó dándole todo lo que tenía.
*¿Con quién te identificas en ésta historia en tu proceso de madurez de Niño a Adulto?
¿Con el niño o la niña que pide y pide de manera berrinchuda, egoísta, sin tener tiempo para su amigo, y que sólo lo buscaba cuando necesitaba algo más, sintiéndose merecedor de todo sólo por querer algo? ¿Alguna vez le llevó agua o abono al árbol?
Podemos pedir y recibir sin darnos cuenta de cómo otro se sacrifica para vernos felices.
*¿O con la generosidad tan grande que muestra el árbol que es capaz incluso de darse a sí mismo, de entregar su propio cuerpo, su propia vida? Un amor inmenso que resiste incluso al egoísmo y al abandono del niño conforme va creciendo.
Mamás:
¿Se han preguntado si la actitud del árbol ante la vida es la correcta? ¿Hacen esto como Madres?
Toda la felicidad del árbol se basa en que el niño esté con él y por eso entrega incluso su cuerpo. Está dando su cuerpo a cambio de amor. Es impactante ese momento en que, tras haber dejado que el niño le cortara su tronco, leemos: Y el árbol fue feliz… aunque la verdad es que no.
Cuando realmente eres feliz dejas de estar pidiendo o sólo estás llenando huecos emocionales.
La felicidad debe estar en nosotros mismos, no en la aprobación de los demás o en la compañía que los demás nos den. La generosidad obviamente es un valor loable, pero no hasta el punto de entregarse por completo y perder todo lo que tenemos.
Por otro lado, la actitud del niño, que quizá sea algo egoísta al acudir al árbol (Sus Padres), solamente con problemas y para pedirle cosas conforme va creciendo, nos hace darnos cuenta cómo cambiamos a lo largo de la vida.
Nos parece incluso una metáfora de las relaciones de padres e hijos, que se modifican conforme éstos crecen. El árbol no puede pretender que el niño permanezca siempre a su lado porque es ley de vida que los niños hagan su vida, se conviertan en adultos y marchen a otros lugares.
De ahí la importancia de que el árbol (MAMÁ) encuentre la felicidad en sí mismo y no en su relación con el niño (HIJO).
Si alguien me pide sacrificios, si me pide lo que no tengo, si sólo recibe y nunca da, quizás esa persona no me ama y sólo me quiere utilizar.
El dar y tomar propone una forma mucho más activa, de parte de quien renuncia al solo hecho de esperar, y se encamina hacia aquello que quiere, hacia aquello que necesita.
Tomar y recibir son posiciones subjetivas muy diferentes. Quien recibe se queda esperando lo que el otro pueda o quiera darle.
Si tú nada más pides sin dar, estás dañando la base de una relación recíproca, no sólo la relación Madre/hijo, también relaciones de Pareja, Amigos, Hermanos, Novios.
El origen de necesidades insatisfechas, se gestaron en la Infancia. –
“Cuando más te necesité… no estuviste para darme”
¿O fui amado por lo que Soy o por lo que Doy?
CONCLUSIONES:
“Doy sin recibir nada a cambio”
“Ser un niño bueno”
“Dar hasta que duela”.
¡EL QUE ME AMA NO SÓLO ME DARÁ LO QUE QUIERO SINO LO QUE NECESITO, ASÍ SEA UNA LECCIÓN DE VIDA!

Con motivo de los 120 años del nacimiento de Antoine de Saint-Exupéry en este podcast de Divagando en la mente… hablaremos de su obra más famosa: El Principito.
Antoine de Saint-Exupéry nació el 29 de junio de 1900 en Lyon, Francia. El autor del El Principito, fue un aviador y literato francés que sólo vivió escasos 44 años. Falleció en 1944. En realidad, nunca se supo qué ocurrió con él. Saint-Exupéry desapareció para siempre en una misión de reconocimiento, cuando sobrevolaba la Francia ocupada por los nazis, durante la Segunda Guerra Mundial. Fue un gran piloto aviador, y creador literario, comenzó escribiendo en prosa lírica vivencias de carácter novelesco y, posteriormente, continuó con diarios, informes y cartas.
Su popular libro El principito (1943) es una fábula infantil para adultos por su significado alegórico, ha perdurado hasta nuestros días como uno de los cuentos infantiles para pero que los adultos nos encanta.
El principito ha sido traducido a más de 150 idiomas, es una obra universal que forma parte de los libros más exitosos de la historia de la literatura. Su éxito, probablemente, lo encontremos en su manera de abordar diferentes temas como la amistad, el amor o el propio sentido de la vida. Deja un legado de frases maravillosas que merece la pena retomar y que haré al final de esta grabación.
“No era más que un zorro semejante a cien mil otros. Pero yo le hice
mi amigo y ahora es único en el mundo”
La obra comienza presentando al protagonista de la historia, un aviador que siente que ha perdido su fantasía que le acompañaba cuando era pequeño. Su avión sufre una avería en pleno desierto y tiene los recursos mínimos para sobrevivir apenas unos días, por lo que debe buscar alguna solución. En el desierto fantasea que se encuentra con un niño, el Principito, muy misterioso, que le pide cosas muy extrañas. Él mismo siente la necesidad de explicar la naturaleza de este pequeño ser.
El aviador descubre que El Principito es un ser venido de otro planeta, que le pide que le dibuje un cordero para que se coma los arbustos de su planeta y evitar así que crezcan unos árboles que lo están destrozando. Sin embargo, un día se da cuenta de que el cordero también puede comerse su flor, una rosa a la que guarda un cariño muy especial, y le pregunta al aviador por qué un cordero se comería la rosa a pesar de tener espinas.
Este está demasiado ocupado intentando arreglar su avión, pero a pesar de ello el niño explica por qué esa rosa es tan importante: un día apareció en su planeta, distinta a todas las demás, que exigía su atención constante. Al no entender a su flor, El Principito abandonó su planeta mientras ella le pedía perdón.
Esto lleva al Principito a recorrer diferentes planetas conociendo a diversos personajes, cada cual con un rasgo de la personalidad muy
concreto que encarna algún defecto humano: la vanidad, el egoísmo,
la ambición.
Para los vanidosos todos los demás hombres son admiradores”
Es una locura odiar a todas las rosas sólo porque una te pinchó. No
renuncies a todos tus sueños sólo porque uno de ellos no se cumplió”
Finalmente El Principito llega a la Tierra, donde descubre un jardín con un montón de rosas iguales que las de su planeta, comprobando así que la suya no es única en el universo. También conoce a un zorro, que le pide ser su amigo, haciendo que el niño conociera por primera vez el significado de la amistad. Junto a él sigue conociendo a otros personajes muy peculiares, como el vendedor de píldoras que quitan la sed o el guardagujas.
Tras la historia el aviador sigue siendo incapaz de arreglar su avión, y habla con El Principito sobre la posibilidad real de que mueran de sed. Sin embargo, éste cree firmemente que existe un pozo en el desierto y marchan en su búsqueda.
Si alguien ama a una flor de la que sólo existe un ejemplar en
millones y millones de estrellas, basta que la mire para ser dichoso
Lo consiguen hallar, pero el niño también tiene otro objetivo en mente: regresar a su planeta. Una serpiente venenosa le cuenta que deberá dejarse morder por ella para poder volver, y aunque el aviador trata de evitarlo este deja que lo haga, desapareciendo del mundo. El aviador termina la historia pensando si finalmente El Principito pudo regresar a su hogar. ¿Tú qué piensas? Es una historia encantadora para reflexionar con algunas moralejas
Lo que hace importante a una flor es el tiempo que le has dedicadoEl rey, que dice que gobierna todo el universo pero que al pedirle que le muestre una puesta de sol, éste responde que solo demuestra su poder ante hechos razonables; el vanidoso, que solo quiere que le halaguen; el bebedor, que bebe para tratar de olvidar que siente vergüenza por beber; el hombre de negocios, que cuenta las estrellas para poder poseerlas a todas; el farolero, que enciende y apaga su farol todos los minutos porque su planeta es demasiado rápido; y el geógrafo, que recibe a los exploradores que llegan pero no explora por él mismo.
Enseñanzas y significado de El Principito a 120 años de Antoine de Saint-Exupéry. Rescatado de la URL: https://heraldodemexico.com.mx/di-vagando/el-principito-significado-antoine-de-saint-exupery-obra-psiconanalisis-psicologia-salud-mental/ (julio 2020)